El lactato no es un residuo ni un enemigo del ejercicio. Es una señal metabólica que puede ayudarnos a individualizar la intensidad del entrenamiento en personas con cáncer, especialmente en un contexto donde el sistema inmune, la inflamación y el metabolismo importan cada vez más.
Hay pruebas que no buscan demostrar cuánto puede sufrir una persona.
Buscan algo mucho más importante: entender cómo responde su cuerpo cuando aumenta la demanda de energía.
En ejercicio oncológico, esto es clave. Porque entrenar durante o después de un proceso de cáncer no debería ser simplemente “moverse un poco” ni aplicar una tabla genérica. Debería ser una intervención precisa, adaptada y respetuosa con el momento fisiológico de la persona.
Ahí es donde aparece el mapa metabólico.
Un mapa metabólico es una prueba progresiva en la que aumentamos poco a poco la intensidad del ejercicio —por ejemplo, caminando en cinta, pedaleando o corriendo— mientras observamos cómo responde el organismo. Una de las señales más interesantes que podemos medir es el lactato en sangre.
Y aquí conviene empezar desmontando una idea antigua: el lactato no es basura.
Durante décadas se explicó como si fuera el humo negro de un motor que empieza a fallar. Algo sucio. Algo que había que evitar. Hoy sabemos que esa visión es incompleta. El lactato es una molécula energética, una señal metabólica y un lenguaje fisiológico. Una revisión reciente resume este cambio de mirada: el lactato, antes considerado un simple subproducto de la glucólisis, se reconoce hoy como una molécula implicada en producción de energía, señalización celular, regulación inmunológica y procesos epigenéticos.
Dicho de forma sencilla:
la frecuencia cardiaca nos dice a qué revoluciones gira el motor; el lactato nos ayuda a entender qué está pasando bajo el capó.
Qué es realmente el lactato
Cuando hacemos ejercicio, el músculo necesita producir más ATP. Para responder rápido, aumenta la glucólisis, una vía que permite obtener energía a partir de la glucosa. En ese proceso se genera piruvato, y parte de ese piruvato puede convertirse en lactato.
Durante mucho tiempo se interpretó esa conversión como una señal de falta de oxígeno. Hoy sabemos que el lactato se produce también en condiciones aeróbicas y que no debe interpretarse automáticamente como “fallo” o “hipoxia”. De hecho, puede ser utilizado como combustible por otros tejidos, actuar como mensajero y participar en la coordinación metabólica entre órganos.
Goodwin, Harris, Hernández y Gladden explican que durante un test incremental el lactato en sangre suele aumentar primero de manera gradual y después de forma más rápida a medida que la intensidad sube. Ese punto de inflexión —el umbral de lactato— puede ser muy útil para prescribir intensidades de ejercicio, tanto en personas sanas como en poblaciones clínicas.
Por eso medir lactato durante una prueba de ejercicio no significa buscar sufrimiento. Significa construir un mapa.
El mapa metabólico: una brújula para prescribir ejercicio
Imagina que el cuerpo es una ciudad.
La glucosa, los ácidos grasos y el lactato son vehículos que circulan por sus calles. Las mitocondrias son grandes estaciones energéticas donde esos vehículos descargan su mercancía para producir energía.
A baja intensidad, la ciudad fluye. Hay tráfico, pero es ordenado. El lactato que se produce puede ser reutilizado, transportado o aclarado.
Cuando la intensidad aumenta, la demanda energética crece. La ciudad empieza a moverse más rápido. Llega un momento en el que la entrada a las estaciones energéticas empieza a congestionarse: el lactato se acumula más rápido de lo que puede ser aclarado.
El mapa metabólico nos ayuda a identificar tres grandes zonas:
1. Zona de estabilidad metabólica.
El organismo produce y aclara lactato de forma equilibrada. Es una zona muy útil para construir base aeróbica, mejorar tolerancia al esfuerzo y trabajar con bajo coste fisiológico.
2. Zona de transición.
El lactato empieza a subir de manera más clara. El cuerpo todavía responde, pero la demanda metabólica aumenta.
3. Zona de acumulación rápida.
La producción supera claramente la capacidad de aclaramiento. Esta zona puede tener utilidad en algunos contextos, pero en ejercicio oncológico no siempre es prioritaria, especialmente cuando hay fatiga, inflamación, anemia, dolor, desacondicionamiento o tratamientos exigentes.
El concepto más fino detrás de todo esto es el máximo estado estable de lactato o MLSS, que se define como la intensidad más alta en la que el lactato no se acumula progresivamente en sangre. En investigación, su determinación exacta es compleja, pero nos ofrece una idea clave: no todas las intensidades son iguales, y no todas generan el mismo coste metabólico.
Por qué esto importa en ejercicio oncológico
En cáncer, el ejercicio no debería prescribirse solo con fórmulas generales del tipo “camina al 60–70% de tu frecuencia cardiaca máxima”.
La frecuencia cardiaca puede verse alterada por muchos factores: medicación, estrés, sueño, fatiga, anemia, fiebre, dolor, pérdida de condición física o cambios en el sistema nervioso autónomo. La percepción de esfuerzo también es importante, pero puede fluctuar mucho de un día a otro.
El lactato añade una capa más de información.
Nos permite observar cómo responde el metabolismo cuando la intensidad aumenta. Nos ayuda a saber si una persona está trabajando en una zona estable o si, para una intensidad aparentemente moderada, ya empieza a acumular lactato de manera precoz.
Esto es especialmente relevante en personas que atraviesan procesos oncológicos porque el objetivo no es “machacar” al paciente. El objetivo es preservar función, mejorar tolerancia al esfuerzo, reducir el desacondicionamiento y mantener la mayor autonomía posible.
No entrenamos el cáncer.
Entrenamos a la persona que está atravesando el proceso.
Lactato, sistema inmune e inmunoterapia: una frontera fascinante
El lactato también interesa en oncología por otra razón: su relación con el microambiente tumoral y el sistema inmunológico.
Muchos tumores presentan una alta dependencia de la glucólisis y producen lactato incluso en presencia de oxígeno, fenómeno conocido como efecto Warburg. Ese lactato puede acumularse en el microambiente tumoral y participar en procesos de adaptación, comunicación celular e inmunomodulación.
Esto no significa que el lactato producido durante el ejercicio “alimente el cáncer”. Esa sería una interpretación demasiado simple y errónea. El contexto importa. No es lo mismo una elevación transitoria de lactato durante el ejercicio que una exposición crónica en un microambiente tumoral alterado.
Una revisión reciente sobre lactato e inmunosupresión tumoral señala que el lactato no es una molécula inerte: puede favorecer supervivencia tumoral, invasión, metástasis y evasión inmune en determinados contextos del microambiente tumoral. Además, revisiones sobre terapias CAR-T describen que el microambiente tumoral inmunosupresor puede dificultar la infiltración, persistencia y función de las células CAR-T, especialmente en tumores sólidos.
Por eso, cuando hablamos de lactato en oncología, hablamos de una molécula con doble cara.
En ejercicio puede ser una señal adaptativa, útil y transitoria.
En el microambiente tumoral puede formar parte de una red metabólica que dificulta la respuesta inmune.
Esta diferencia es fundamental para comunicar con rigor.
Las terapias basadas en inmunoterapia, incluidas las terapias celulares avanzadas como las CAR-T, nos recuerdan algo importante: el sistema inmune no funciona aislado del metabolismo. Las células inmunes también necesitan energía, señales, nutrientes y un entorno favorable para realizar su trabajo. Por eso, estudiar el lactato no es una moda: es una puerta de entrada para entender mejor la relación entre metabolismo, ejercicio, cáncer e inmunidad.
La metáfora del tráfico: cuando la ciudad metabólica se congestiona
El blog de Daniel Lucena plantea una idea muy visual y potente: lactato y ácidos grasos compiten por la misma mitocondria. El ciclo de Krebs tiene una capacidad finita, y los grandes sustratos circulantes no entran todos a la vez sin límite. Si hay mucha disponibilidad de ácidos grasos, el lactato puede “esperar”; si baja esa competencia, el lactato puede oxidarse con más facilidad.
Imagina una rotonda con una sola entrada.
Por un lado llegan coches cargados de grasa.
Por otro lado llegan coches cargados de lactato.
La rotonda no puede absorber todo al mismo tiempo.
El organismo regula ese tráfico. Según el análisis de Lucena, el lactato puede participar en su propia regulación activando HCAR1, reduciendo la lipólisis y disminuyendo la disponibilidad de ácidos grasos, lo que facilita su propia oxidación.
Esta idea tiene implicaciones interesantes para el ejercicio oncológico: el estado nutricional, el ayuno, el momento del día, el nivel de fatiga y la disponibilidad de sustratos pueden modificar cómo una persona responde a la misma carga externa.
Dos personas pueden caminar a la misma velocidad.
Pero metabólicamente, no estar haciendo el mismo esfuerzo.
La mitocondria: de central energética a sistema de ventilación
Durante años hablamos de la mitocondria como la “central energética” de la célula. La metáfora sigue siendo útil, pero se queda corta.
Una investigación reciente publicada en Cell Metabolism propone una visión muy interesante: las mitocondrias de mamíferos no se limitarían a consumir lactato como combustible directo, sino que también pueden producirlo y exportarlo como una forma de modular el estado redox y las especies reactivas de oxígeno. El artículo describe que el piruvato dentro de la matriz mitocondrial puede convertirse en lactato y liberarse al citosol a través del transportador mitocondrial de piruvato, ayudando a modular la producción de ROS.
FISSAC lo explica de forma muy clara en su artículo “La mitocondria no consume lactato, lo fabrica”: el lactato ha pasado de ser visto como residuo, luego como nutriente, y ahora también como una posible salida celular para protegerse frente al estrés oxidativo.
La metáfora sería esta:
La mitocondria no es solo una caldera.
También tiene una válvula de escape.
Cuando la presión redox sube demasiado, producir y liberar lactato podría actuar como una forma de ventilar el sistema.
En ejercicio oncológico, esta idea no nos permite hacer promesas clínicas directas. Pero sí nos ayuda a comunicar algo importante: el lactato es mucho más que un número en una pantalla. Es una señal integrada del estado energético, redox y metabólico.
Qué nos aporta una prueba de lactato en la práctica
Medir lactato durante una prueba progresiva puede ayudarnos a responder preguntas muy concretas:
¿A qué intensidad la persona mantiene estabilidad metabólica?
¿A qué velocidad o potencia empieza a subir el lactato de forma clara?
¿Qué frecuencia cardiaca corresponde a una zona segura y sostenible?
¿Existe una acumulación precoz de lactato para intensidades aparentemente bajas?
¿Qué intensidad podríamos utilizar para caminar, pedalear o hacer trabajo aeróbico de base?
¿Cómo cambia esta respuesta después de varias semanas de entrenamiento?
En una persona con cáncer, estas preguntas tienen mucho valor, porque la dosis de ejercicio debe ajustarse con precisión.
A veces el objetivo será mejorar capacidad cardiorrespiratoria.
Otras veces será mantener movilidad.
Otras, reducir fatiga.
Otras, simplemente sostener el hábito sin añadir más carga a un organismo que ya está bajo presión.
Por eso el mapa metabólico no debe interpretarse como una prueba de rendimiento. Debe entenderse como una prueba de prescripción.
No se trata de perseguir 4 mmol/L
Durante mucho tiempo se ha utilizado el valor de 4 mmol/L como referencia clásica del OBLA, el “onset of blood lactate accumulation”. Es una referencia útil para comparar, pero no debe convertirse en una verdad universal.
El lactato es muy individual. Dos personas pueden tener su zona de equilibrio metabólico en concentraciones diferentes. De hecho, trabajos sobre lactate minimum muestran rangos individuales amplios, lo que apoya la idea de que no existe un único umbral fijo válido para todo el mundo. En el estudio de Strupler y colaboradores, los valores individuales de lactato en el lactate minimum oscilaron entre 1,2 y 6,8 mmol/L, reforzando que el umbral debe interpretarse de forma individual.
Por eso, en el contexto clínico y oncológico, el número aislado importa menos que la curva completa.No queremos solo saber “cuánto lactato tiene”.
Queremos saber cómo cambia el lactato cuando cambia la intensidad.
Mapa metabólico y seguridad: medir para no improvisar
Una prueba de lactato no sustituye la valoración médica. No sustituye una analítica. No sustituye el criterio del oncólogo, hematólogo, cardiólogo o fisioterapeuta. Tampoco convierte automáticamente el ejercicio en una intervención segura para cualquier persona en cualquier momento.
Pero sí puede aportar información muy útil para el profesional del ejercicio especializado.
Nos ayuda a no improvisar.
Nos ayuda a ajustar.
Nos ayuda a elegir mejor la intensidad.
Nos ayuda a no depender solo de fórmulas generales.
En la práctica, podemos usar el mapa metabólico para construir zonas de trabajo más individualizadas:
Una zona baja para recuperación activa, movilidad y días de fatiga.
Una zona estable para mejorar base aeróbica y tolerancia al esfuerzo.
Una zona de transición para estímulos controlados cuando el estado clínico lo permita.
Y zonas más intensas solo cuando tengan sentido, estén justificadas y sean toleradas.
Este enfoque encaja con una idea central en ejercicio oncológico: la dosis importa.
No es solo hacer ejercicio.
Es hacer el ejercicio adecuado, en el momento adecuado, con la intensidad adecuada.
Una metáfora final: el lactato como luz del salpicadero
El lactato no es el villano de la película.
Es más parecido a una luz del salpicadero. No conduce el coche por nosotros, pero nos informa de lo que está pasando dentro del sistema.
Si se enciende antes de tiempo, quizá la intensidad es demasiado alta para ese momento.
Si se mantiene estable, quizá estamos en una zona útil para construir capacidad.
Si sube de forma rápida, sabemos que el cuerpo ha cruzado una frontera metabólica.
En oncología, donde la energía de una persona puede ser limitada, esta información vale mucho.Porque entrenar no debería ser empujar siempre más.
A veces entrenar bien es saber frenar.
A veces es sostener.
A veces es construir desde muy poco.
Y a veces es escuchar lo que el cuerpo lleva tiempo intentando decir
Conclusión
El lactato no es basura metabólica. Es una molécula que transporta energía, información y contexto.
En el ejercicio, nos ayuda a entender cómo responde el organismo ante una demanda progresiva. En oncología, además, nos abre una ventana hacia una conversación más amplia: metabolismo, sistema inmune, microambiente tumoral, inflamación, fatiga y tolerancia al esfuerzo.
El mapa metabólico no promete curar.
No predice todo.
No sustituye la valoración médica.
Pero puede ayudarnos a prescribir ejercicio con más precisión, más seguridad y más respeto por la realidad fisiológica de cada persona.
Porque antes de pedirle al cuerpo que se adapte, hay que escucharlo.
Y el lactato, bien interpretado, es una forma de escuchar.
Referencias
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Messias LHD, Gobatto CA, Beck WR, Manchado-Gobatto FB. The Lactate Minimum Test: Concept, Methodological Aspects and Insights for Future Investigations in Human and Animal Models. Frontiers in Physiology. 2017.
Yaeger D, Murphy K, Winger J, Stavrianeas S. A Two-test Protocol for the Precise Determination of the Maximal Lactate Steady State. International Journal of Exercise Science. 2018.
Strupler M, Mueller G, Perret C. Heart rate-based lactate minimum test: a reproducible method. British Journal of Sports Medicine. 2009.
Belu A, Filip N, Trandafir LM, et al. Lactate, an Essential Metabolic Marker in the Diagnosis and Management of Pediatric Conditions. Diagnostics. 2025.
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Lucena D. Cómo el organismo regula los niveles de lactato — y por qué ese mecanismo importa en oncología. Blog Ejercicio y Cáncer. 2026.
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Xia X, et al. Reshaping the tumor immune microenvironment to improve CAR-T cell therapy. 2024.

