Exerquinas y cáncer: cómo el ejercicio habla con tu sistema inmune

exerquinas y cáncer

El ejercicio no solo fortalece el músculo: lo convierte en un emisor de señales que viajan por todo el cuerpo, incluido el sistema inmunológico. A esas señales se las llama exerquinas, y la oncología las estudia cada vez con más interés.

En el episodio #6 de 20 METs Podcast, Manu Jiménez, doctor en Biomedicina e investigador en oncoinmunología y epigenética, conversa sobre cómo el músculo se comunica con las defensas y qué papel puede tener el movimiento durante y después de un proceso oncológico. Este artículo recoge esa idea y la contrasta con dos revisiones científicas recientes, con sus matices y sus límites.

Qué son las exerquinas

Las exerquinas son péptidos, metabolitos y ácidos nucleicos que el organismo libera durante y después del ejercicio. Actúan cerca de donde se producen o a distancia, a través de la sangre.

Proceden de varios tejidos: el músculo (miokinas), el corazón, el hígado, el tejido adiposo y las neuronas. En oncología, las miokinas son las más estudiadas por su papel en la regulación inmunitaria y metabólica. Algunos ejemplos son la interleucina-6 (IL-6), la irisina y la miostatina.

Un matiz importante: la IL-6 que libera el músculo al contraerse es transitoria y tiene efecto antiinflamatorio. La IL-6 que producen de forma crónica las células inmunitarias o el tumor se asocia, en cambio, con inflamación y pérdida muscular. La misma molécula, según su origen y su duración, puede tener efectos distintos.

Qué dice la ciencia en pacientes oncológicos

Las revisiones recientes apuntan a tres vías por las que el ejercicio podría beneficiar a una persona con cáncer:

  • Inflamación. El ejercicio modula señales inflamatorias como IL-6/STAT3 y TNF-α/NF-κB, implicadas en la pérdida de músculo que acompaña a muchos tumores.
  • Inmunidad. Una revisión de 2026 describe que miokinas como la IL-15 y la irisina se asocian con el reclutamiento de células NK y linfocitos T CD8+ en cáncer de mama. Los autores subrayan que buena parte de estos mecanismos se ha observado en modelos experimentales y que faltan estudios en humanos.
  • Masa muscular. La caquexia, una pérdida progresiva de músculo y peso, puede afectar a cerca del 70% de los pacientes según la revisión de 2025. El ejercicio regular reduce la miostatina, una proteína que frena el crecimiento muscular, y el entrenamiento de fuerza es especialmente eficaz para contrarrestar esa pérdida.

En conjunto, el ejercicio parece actuar como un modulador del diálogo entre el músculo, el sistema inmune y el tumor.

Es seguro y funciona mejor combinando fuerza y aeróbico

Los programas de ejercicio adaptado son seguros y viables, incluso en cáncer avanzado. Una revisión sistemática de 12 ensayos con 898 pacientes con caquexia encontró una adherencia mediana del 75% y muy pocos eventos adversos. En el estudio P-Move, con pacientes con cáncer de páncreas y de vías biliares avanzado, el grupo que hizo ejercicio supervisado mejoró su función física y redujo la fatiga, mientras que el grupo control empeoró.

Cada tipo de ejercicio aporta algo distinto:

  • Fuerza: es el más eficaz para preservar músculo y mejorar la capacidad funcional.
  • Aeróbico: actúa sobre el metabolismo, la inflamación y la fatiga, aunque tiene menos efecto sobre la masa muscular.
  • Combinado: las revisiones indican que supera a cada modalidad por separado.

La revisión de 2026 señala que la intensidad moderada (55-75% de la frecuencia cardíaca máxima, esfuerzo de 4 a 6 sobre 10) produce las respuestas más consistentes. Los protocolos que describe incluyen caminar, nadar, pedalear o hacer ejercicios de fuerza, entre 6 y 12 semanas, de 30 a 60 minutos, tres veces por semana. Son ejemplos de la literatura, no una pauta personal.

Lo que todavía no sabemos

Las exerquinas no son buenas ni malas por sí mismas: sus efectos dependen del contexto, del tipo de tumor y del tipo de ejercicio. La revisión de 2026 advierte de que algunas miokinas, como la IL-6 mantenida de forma crónica, pueden favorecer la inflamación o el crecimiento tumoral en ciertas situaciones. Otras, como la irisina o el FGF-21, han mostrado resultados contradictorios según el cáncer.

Hay más límites. Esa revisión es narrativa y se apoya en evidencia cualitativa, y los propios autores piden más estudios clínicos para definir qué ejercicio conviene a cada paciente. La revisión de 2025 recuerda que, en algunos modelos animales, el entrenamiento no frenó la pérdida de peso en fases tempranas de la caquexia. También señala que la adherencia en cáncer digestivo es baja por la fatiga y los síntomas gastrointestinales.

Por eso conviene hablar de una herramienta de apoyo, no de una cura.

Cómo empezar: con tu equipo oncológico

El primer paso siempre es consultarlo con el equipo médico, que conoce el tipo de cáncer, el tratamiento y el estado de cada persona. A partir de ahí, las revisiones apuntan a un camino sencillo:

  1. Pedir un programa supervisado y adaptado, con un fisioterapeuta o un profesional de ejercicio oncológico.
  2. Combinar fuerza y trabajo aeróbico de intensidad moderada.
  3. Empezar con poca carga y ajustarla según la fatiga y los síntomas del día.
  4. Integrarlo con la nutrición y el control de síntomas, porque el ejercicio funciona mejor dentro de un enfoque multimodal.

Moverse no sustituye ningún tratamiento, pero ayuda a que el cuerpo mantenga su músculo, su energía y, probablemente, un diálogo más saludable con sus defensas. Como plantea el episodio de 20 METs, el ejercicio va más allá del rendimiento o la estética y forma parte de una atención integral a la salud. Si quieres profundizar, escucha la conversación completa con Manu en 20 METs Podcast.

Fuentes